Hasta Peter Pan necesita una casa

En estos tiempos de modernidad y tradicionalismo, en una continua batalla por ganar el relato, nos encontramos con algo que siempre ha existido: Personas de entre cincuenta y noventa años señalando que la juventud de ahora no es como la de su época.

Esto lo oyeron los jóvenes que descubrieron el bakalao en la Ruta Valenciana, inmersos en una crisis económica que agitó los 90'. Lo oyeron también los jóvenes de la movida, con sus medias de rejilla y sus pelos estridentes, que saludaban a la democracia y a las libertades que les habían sido negadas a sus padres. Pero lo oyeron también los auténticos boomers. Aquellos que hoy tienen entre 60 y 70 años y se aventuraron en el capitalismo moderno en una España aún en blanco y negro que se abría a una economía en crecimiento, pantalones de pana y bikinis en Benidorm.

Los jóvenes nunca han sido como lo fueron sus padres. Aunque la juventud puede ser para muchos una enfermedad que solo el tiempo cura, nunca es igual y a la vez siempre tiene los mismo síntomas: Rebeldía, temeridad y frenesí.

Como nuestros padres y nuestros abuelos, a menudo escuchamos a los “mayores” hablar de lo distintos que somos los jóvenes, de lo poco que luchamos, de lo mucho que nos quejamos. Comentarios que llegan siempre desde una empatía o capacidad de análisis nula.

Sin embargo, hay una afirmación con la que estoy de acuerdo: Los jóvenes ahora somos más inmaduros, infantiles, que los de antes. La juventud cada vez es más una adolescencia alargada que una transición a la madurez. No hablo de madurez emocional, en lo que creo que estamos a años de ventaja de generaciones pasadas, si no en las gestiones vitales del día a día.Hablo de la dependencia.

Las sociedades están históricamente marcadas por sus ritos. Ritos en el nacimiento, en la adolescencia, en la madurez, en la maternidad y la paternidad y en la muerte. La vida y la sociedad son los ritos que nos damos, los simbolismos con los que señalamos un cambio de ciclo.

El rito de paso de la adolescencia a la juventud es sin duda la independencia, económica y del hogar habitado. Independizarse es descubrir qué debes separar la ropa por colores para no estropearla, que debes gestionar el sueldo para que llegue al día 30, aprender a desmontar el horno para limpiarlo una vez al mes, hacerse unas lentejas y que se parezcan a las de tu madre, llamar al seguro o ala compañía eléctrica si hay una avería... Todo esto forma parte de un rito, construye madurez, te ayuda a ser capaz de enfrentar la cotidianidad del día a día. Todo esto que en tiktok llamamos adulting se convierte en rutina.

Vivir en la misma habitación con doce que con treinta, que tu madre siga haciéndote la colada y los guisos, que la llames para preguntar cualquier cosa cuando no está en casa o que sea tu padre quien llama a la compañía de teléfono cuando se acaban los datos hacen realmente imposible que te sientas un adulto responsable de sí mismo y de su propio ecosistema: La casa.

Oímos mucho hablar de los problemas de acceso a la vivienda de los jóvenes y a menudo parece ser solo una cuestión material. Tener casa o no tenerla. Sin embargo, el trasfondo es mucho mayor, habla de las posibilidades del autodescubrimiento, de la responsabilidad y de estar sola ante la incertidumbre.

En esa aventura de la independencia, que se nos ha negado a los jóvenes, conoces a tu yo adulto. Ves cómo se desdibuja el adolescente y, al menos en mi caso, descubres lo mucho que te gusta ser una maruja.

El primer año tras independizarte descubres la importancia de tener una casa propia. Descubres el valor casi espiritual que encuentras en un espacio solo tuyo, que configuras a tu gusto y bajo tus necesidades. No es solo la decoración. Es descubrir que no necesitas un microondas, aunque en casa de tus padres siempre lo hubiera, porque realmente solo lo utilizas para calentar la leche del café y, también, es sucumbir meses después a comprar uno porque, aunque pensabas que te ibas a cocinar todos los días platos perfectamente medidos, aún no calculas bien las cantidades y te ves obligado a recalentar macarrones, sopas y arroces.

Vivir solo es aprender a planificar las compras, las comidas, las lavadoras, limpiar las ventanas o distribuir estratégicamente los platos en el lavavajillas. De pronto un día te paras a mirarte y ya no eres una joven fiestera sin grandes ataduras. Eres el prototipo de maruja que disfruta de la idea de ordenar el armario como Marie Kondo o los cajones de la cocina como hacen en Tiktok. Tu mayor orgullo es esa camisa perfectamente planchada después de todas las que tuvieron que ir a la basura con una tremenda quemadura. Una rumba es tu gran sueño y no se te ocurre mayor placer que el de domingo por la tarde, con toda la casa limpia, el congelador abastecido con los tuppers de la semana, la ropa ordenada en el armario y tu tumbada en el sofá con una mascarilla de un euro y una copa de vino mirando a tu alrededor. Lo que sientes es el orgullo de haber alcanzado la cúspide del adulting: Una casa limpia y ordenada.

El problema del acceso a la vivienda de los jóvenes es complejísimo y tiene demasiadas consecuencias, pero la más importante, para mi, es que nos retrasa como sociedad, nos retrasa en nuestro proceso madurativo, en nuestros objetivos y en nuestras etapas vitales. Claro que podemos ser inmaduros, pero hay una madurez que solo da tu primera colada sin ninguna víctima mortal.

Paula Estaca

Vivir es militar. Contadora y divagadora de las pequeñas grandes cosas. Madrileña de la Vega Baja alicantina.

Encuéntrame en Twitter, LinkedIn y TikTok.

Anterior
Anterior

Hijo, dame un nieto

Siguiente
Siguiente

¿Cómo mantener un buen estatus de hierro en una dieta vegana?