Hijo, dame un nieto

Hace unas semanas, estuve dando una vuelta por el Mercado de Motores con mi padre. Para los que no sois de Madrid, se trata de un mercadillo que se celebra dentro de una antigua estación de tren que mezcla artesanía y productos de proximidad con otros puestos de segunda mano, a modo de Rastro. Se ubica en pleno barrio de Delicias, una zona de la capital que últimamente se ha hecho popular entre las familias jóvenes con hijos de un poder adquisitivo elevado. Es por esto que  el Mercado casi siempre está repleto de chiquillos gritando, alucinando con las locomotoras que invaden gran parte del espacio o subiéndose en los trenes en miniatura que circulan por el exterior de la estación. 

Fue aquí, en este contexto tan familiar, donde mi padre, en tono de guasa me dijo: a ver si me das un nieto pronto, que tengo muchas ganas de ser abuelo. Yo me empecé a reír y le dije que a saber, que si ni siquiera sabía lo que sería de mí el mes siguiente, como para ponerme a pensar en tener hijos. Fue una respuesta un poco cortarrollos. Lo sé, pero después empecé a darle vueltas, comprendí que resume muy bien el estado general de muchos jóvenes. 

La incertidumbre. Esa losa a la que maldecimos todos los días por no permitirnos hacer algo tan fundamental como planificar nuestro futuro. Una sensación que para muchos genera angustia, y que nos hace sentir que no avanzamos, que no acabamos de ser dueños de nuestra propia vida y que nos condena a resignarnos a vivir como unos eternos universitarios. 

No es que seamos más frágiles o que no nos esforcemos lo suficiente, sino que nuestra incertidumbre tiene un origen bastante claro: no hay proyecto de vida posible si seguimos sometidos a esta precariedad generalizada. Es insostenible desde cualquier punto de vista, y el principal reto que tenemos es el de la emancipación. Es cierto que se puede abordar de muchas maneras, pero a mi particularmente me gustaría centrarme en que emanciparse está estrechamente ligado con el concepto de libertad entendida como no-dominación. 

El derecho a la vivienda es también tener derecho a la intimidad, a no tener que dar explicaciones a nadie, de tener capacidad para poder improvisar y traerte un ligue a casa a las 5 de la mañana, de poder disfrutar de la casa entera y no solo una habitación en la que apenas cabe un escritorio y una cama de 90, de tener una nevera para tí solo, de poder invitar a tu novia a casa para cenar tranquilamente sin que tus compis de piso os corten el rollo… Una larga lista de cosas cotidianas que a día de hoy miles de jóvenes no se pueden permitir, y que perpetúa esta infantilización que produce la precariedad. Resulta humillante que, con 30 años, tengas que seguir pidiendo permiso para cosas que son de sentido común. 

Dicen por ahí que estamos en la legislatura de la vivienda. Bien, creo que no es suficiente con que nuestra clase política aparente estar muy comprometida con el acceso a la vivienda. Somos cientos de miles de jóvenes (y otros que no tanto) que vemos cómo nuestras vidas están condicionadas a que los caseros suban el alquiler mes a mes. O ver como nos expulsan de los barrios céntricos por culpa de los pisos turísticos que matan la identidad de nuestras ciudades. Es necesario que nosotros, los ciudadanos, empecemos a organizarnos, a crear una marea por la vivienda que presione a los que toman las decisiones para que podamos tener una casa en la que vivir de verdad. 

No tengo ni idea si finalmente acabaré o no teniendo hijos, pero lo mínimo sería poder tener las condiciones necesarias aseguradas para poder decidir si quiero o no formar una familia. Porque sin emancipación, no hay libertad.

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Luis E. Patiño

Madrileño, politólogo, militante y apasionado del urbanismo y las ciudades.

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